viernes, 7 de mayo de 2021

Los hormigueos de mi cuerpo que vuelven la vida un infierno

Quisiera despertar del otro lado del mundo, quisiera levantarme de mi cama siendo invisible. Despierto: mis nervios no se han calmado, G. y mi madre están despiertos y empiezan a caminar en la cocina. Los oigo y siento rabia, más me da rabía la voz de G. tan despreocupada, como si de veras nunca hubiera ningún problema. Yo enciendo la laptop para descargar el documento que me requieren en el trabajo, mi madre nos llama a comer. No contesto, no estoy para nadie, eso es lo que esperan de mí, que no exista. Me baño, me preparo para el trabajo y me marcho sin tragar ni un vaso con agua. 

Afuera la vida transucrre normalmente, dentro de mí, la alta tensión de mis nervios empieza a perder intensidad; me siento débil. Llamo a mi compañero de trabajo, es un poco tarde, pero todavía estoy a tiempo para encontrarme con mi compañero en el inicio de su rondín.Tenemos que visitar unas once casas, me dice, dos están hasta el cerro. Le digo: no tengo otro pendiente para hoy, me da tiempo de acompañarte todo el día si quieres. 

Mientras caminamos yo pienso con melancolía en mi madre, evito esos pensamientos para no sentir la necesidad de correr a ella. Sé que cualquier intento por hablar con ellos, o al menos sólo con mi madre, es en vano. Nunca lo entienden, quieren ver todo esto como una simple situación que está en mi cabeza y que, yo mismo, puedo controlar. Pero la electricidad en mi cuerpo sube súbita sin que yo lo prevenga, y el hormigueo, que hasta hora es lo más molesto, me corre por todas las piernas y los brazos desde los genitales sin siquiera pedirme permso. Si tuviera seguro médico correría a la sala de urgencias, para que me inyecten un calmante y, de ser posible, hablar con el médico psiquiatra a cargo (aunque rara vez haya uno disponible en la sala de urgencias). Si tuviera dinero, correría al primer particular a pedir socorro: la ansiedad ha vuelto, me está consumiendo como la última vez. Sólo así encontraría alguien con quien hablar, alguien a quien explicarle. Más a lla de eso, estoy solo.

Vamos a la mitad de nuestro rondín; el cansancio, la falta de sueño, la sed y el hambre tienen mi cabeza en otro lado. No me importa lo que pasó, no me importa cuánto más caminemos, no me importa el sol ni si en algún momento todas estas situaciones me provocan el desmayo. En realidad soy muy resistente a este tipo de inclemencias, sobre todo cuando algo más mundano me ahorca desde mi mente. P., mi compañero de vez en cuando me hace la plática, pero no es muy bueno para ello; no es de los que tienen un millón de historias que contar ni tampoco es de los que escuchan. Nuestra conversación es robótica e incómoda. Pienso: al final me compraré un refresco y una bolsa de Takis Fuego, y me sentaré en el sillón de mi casa a ver la película de terror más sangrienta que encuentre. De inmediato recuerdo a G. y las ganas se me pasan.

El rondín termina a las tres y media, vuelvo a casa. Allí está mi hermano; los pensamientos sulfúricos me arrancan la cabeza. Lo evito, me encierro en mi cuarto, deboro la bolsa de cheetos que compré con una vecina y termino la botella de sidral que compré antes de subirme a la combi. El resto es un intento por dormir. Levanto el teléfono, escribo un WhatsApp a papá, le reclamo, "¿qué carajos le dicen de mí a G. para que cada que vuelve del DF me odie tanto?".Me manda dos audios, yo apenas y los miro, intento quedarme dormirdo. Le mando msj a N., mi amigo, buscando un consuelo aunque sea en su compañía; pero es inútil, los amigos no estamos para esta clase de momentos, y de estarlo, el resultado sería una borrachera que posiblemente termine mal para ambos. Mejor así, sin nadie a mi lado.

A las siete de la noche me levanto de mi cama, tomo mi cubre bocas y voy en busca de un cigarro. Lo fumo mientras me dirijo al centro. Las fuerzas desaparcen de mis músculos, la presióon me baja peligrosamente. En la rimera tienda compro una coca cola y todo vuelve a la normalidad, camino hasta el centro d ida y vuelta con unos pensamientos a veces tan destructivos y a veces un poco más racionales. Siempre es así, caminar me relaja y me reanima, pero no puedo pasarme toda mi vida caminando para escapar de la ponzoña de las hormigas; los genitales, tarde o temprano, terminan adormieciéndose. Pienso en escribir este blog: el blog de un suicida o de alguien en vías de recuperarse ¿qué será? La conclusión no me importa. Estoy solo y atrapado en estas calles, mi falta de dinero y la falta de oportunidades, me tiene en este sitio desde donde es poca la ayuda que puedo recibir: ¿la iglesia?, ¿los grupos de autoayuda? ¿otra vez? una parte de esta enfermedad nació en esos lugares. Sería una aberración volver a ellos por no tener otro alternativa. Mejor así, sin nada a mi lado.

Llego a casa, todo es igual. Me mantengo neutral y empiezo a escribir la primera entrada del blog. Después, edito una de mis hisotiras, la público y empiezo a trabajar en su presentación para promocionarla a través de Facebook -¿como si alguien alguna vez las leyera?-, después oigo llegar a mi madre (esta vez no fui por ella al autobús). Me pregunta algo, apenas si le contesto, apenas si tengo fuerzas. Los oigo conversar como si nada, haciendome a un lado, igual como lo hacian mis compañeros cuando yo era un niño. Ese castigo prolongado, en mi propia sangre. Siento rabia, pero ¿qué más me queda? Podría estar peor. podría desear que estén muertes, que G. este muerto. Me asusta la irregularidad de mis pensamientos: de pronto siento odio, de pronto tristeza, de pronto ganas de comprenderlo; ¿qué mierda de trastorno es éste?

Todos se van a dormir. Mi cuerpo se siente agotado, mi mente más tranquila. La oscuridad y la falta de ruido me dan una especie de calma. He pensado en aprovechar el sueldo de mi trabajo eventual para buscarme un lugar donde vivir; donde empezar a desaparecer para esta gente que, muy en el fondo sé que está harta de vivir conmigo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario