Mi hermano vuelve a mirarme de reojo, cuando llega a casa apenas si me dirije la palabra. Lo adivino, es cómo las otras veces. G. (mi hermano) vuelve de la Ciudad de México después de pasar una semana entera allí buscando trabajo, y regresa con una mirada oscura que indemdiatamente me altera los nervios. Al principio intento no reaccionar, y en cambio me limito a fingir que no pasa nada, que es sólo otros espasmo de mi enfermedad, que es mi imaginación, como dice mi madre, y que posiblemente alguna preocupación o una mala pasada, ajena a mí, tiene a mi hermano en ese estado de antipatía. Por lo tanto, cuando él entra a su habitación todo silencioso, sin su típico "ese cerdito", yo paso de largo las catástrofes en mi pensamiento y sigo lidiando con pasar nuevamente el Prólogo de Far Cry 5, en la dificultad de Infame.
Todo transucrre sin mayor problema. Mi hermano sale de su habitación y pasea por la cocina, calienta la comida que mi madre dejo sobre la estufa y se dispone a comer sin ningún ruido. No intento iniciar la conversación, ni siquiera porque me muero de ganas por decirle que por fin había logrado terminar Far Cry 5 en la dificultad de Infame, y que, ahora, quería intentarlo nuevamente pero de "otro modo". Mientras pasa esto yo empiezo a imginarme si su malestar a caso es porque estoy jugando en su Play Station (algo que ya había pensado de escenarios anteriores), así que me dispongo a alcanzar el punto de control más cercano en el juego y apago la consola. Creo que después de eso puse una película, o una serie, no me acuerdo; sólo recuerdo oírlo comer con prisa, y sentir cómo mira de reojo, con una molestía que me hace sudar entre la nuca. Históricamente hay muchas cosas por las que mi hermano podría odiarme, como también, históricamente, hay muchas razones por las que yo mismo puedo odiarme. Intento no pensar en ninguna de ellas, y libero tensión, la cuál ya tenía acumulada porque aquel no había sido mi mejor día en el trabajo, buscando una película llena de Gore y con una trama sencilla.
De todo el catálogo de Prime, termino eligiendo "The Farm", una película que, a pesar de todo, me resulta bastante buena. Para ese momento mi hermano yace en su cuarto, oigo que ve una película, tal vez, en la laptop de mi madre ("bájale" -susurra una voz en mi cabeza; pero no lo pronuncio. Todavía soy capaz de mantener a raya la desproporción de mi locura). Termina la película y decido que es momento de volver al trabajo pero, algo en mí me dice que no me vaya a mi cuarto ("tu hermano, cuando vea que abandonas la sala, va a venir a plastarse al sillón, ¿es lo que hace siempre que no quiere ni verte, ¿no?" -la voz en mi cabeza sugiere un experimento). Voy por la laptop de mi cuarto y la instalo en el comedor y me dispongo a trabajar, saco mis manuales de capacitación, mis plumas de tres colores, lápiz, pongo a Silvio Rodríguez en el volumen dos de mi computadora y empiezo. A los pocos minutos mi hermano se aparece, ni siquiera lo noto llegar, sólo alcanzo a sentir el resplandor de la pantalla y luego escucho los disparos del Fornite. Si eso era lo que quería, pienso, seguro vuelve a su estabilidad conmigo. Le hubiera dado la televisión desde que llegó, pero no hacía mucho que yo me había sentado allí a descargar todo mi mal día (por que ser profesor, aunque sea de repuesto, implica mucho desgaste algunas veces).
Pienso, igual y hoy no es un día bueno para los dos. Y evito otro pensamiento de mi mente agresiva, en cambio intento actuar con una naturalidad sutil; dirijo un par de frases esporádicas y él todas las veces las contesta con una voz incómoda; como cuando, después de discutir con alguien, tienes que retomar la charla o, peor aún, cuándo después de pelear con alguien, tienes que volver para pedir un favor. Pero en nuestro caso, ni habíamos discutido recientemente, ni tampoco nos habíamos hablado desde que el se fue, no somos de frecuentarnos por mensaje. Después es hora de ir por mi madre a la parada del autobús; lo último que digo es el típico: "ahorita vengo", le pongo su cadena a Xina, y ambos caminamos en la oscuridad de la noche hasta la parada donde encontramos a mi madre luego de bajar del transporte de su trabajo. Hasta allí, los únicos malestares son fantásmicos, una lucha interna entre mis presentimientos y mi mente razonable, y hasta ese momento la segunda va dominando a la primera.
Llegamos a mi casa y todo lo que había logrado hasta ese momento, se derrama. Mi hermano es él mismo con mi madre, ni una muestra de frialdad, ni el silencio bochornoso, como cuando sólo estaba conmigo. Esto ha pasado de la misma forma tantas veces. Sin ningún presedente él vuelve y me trata como un extraño, algo que no sé interpretar si como desgana, miedo o rabia. Algo que lástima mis nervios y los convierte en una corriente que transforma mi sangre en ríos de lava. Tanto tiempo luchando por ser un buen hermano, por dejar atrás los destrozos de mi trastorno de ansiedad y el cuadro de depresión que acabó con una gran parte de mi futuro. Ellos conversan como si nada, yo, automáticamente, me vuelvo el compañero incómodo. No puedo, intento concentrarme en mi trabajo, en los mensajes que acababa de enviarle a una excompañera mía para consultarle algunas cosas sobre estrategias de negocios, pero no puedo.
Es tarde. Me voy a mi cuarto, la rabia se incrementa conforme los oigo charlar. En los días anteriores no había hecho nada irregular, en cambio, habían sido momentos plenos. Yo lo intuía, y no me equivocaba, es otro de esos momentos. Otra de esas veces que a mí me detestan sin presedente alguno. No puedo más, algo cae con fuerza en el piso de mi cuarto, la respiración empieza a entrecortarse, yo intento cerrar los ojos y dormirme: no puedo. Cae sobre mi la soledad, mi falta de un empleo formal, el autoengaño... Abro el reproductor de Youtube y pienso en masturbarme; tampoco podría. Cierro los ojos, de un momento a otro logro dormirme y los sueños son mi hermano volviéndome a decir "ese cerdito", a mí mismo burlándome de mi enfermedad, y es todo lo que recuerdo. Solamente me desplomo en ese mundo falso, donde no tengo 27 años, donde es más fácil salir a la calle y escapar, y en donde, de vez en cuando, las cosas se resuelven más fácil, incluso, esta enfermedad.
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